Nostalgia


Fue el cuarto ferrocarril construido en España, y el segundo de vía estrecha; el puente de sus rieles unía a León con Bilbao para arrastrar sobre las espaldas de sus vagones, el entonces «oro negro» del carbón. Durante muchos años podían los alumnos ver desde las ventanas del Colegio cruzar renqueante el ferrocarril de La Robla y Matallana, a las nueve de la mañana y a las seis de la tarde. El tiempo no se tragó al ferro- carril, se, tragó a las locomotoras de vapor, que en jadeo incesante y entre penachos de humo negro, .como el transporte que llevaban, 'dejaban su firma y rúbrica en el 'azul a veces, o encapotado cielo del Colegio. Hoy máquinas diesel remolcan a este tren de La Robla, y aún alguna vez se ve cruzar raudo como una flecha el lujoso transcantábrico; pero uno añora aquellos viejos trenes de Matallana, bufando entre nubes negras y blancas de la chimenea entre las ruedas, del vapor a presión.

Los internos 10 recordarán siempre. En una de las 12 hectáreas del Colegio se alzaba la va- quería. El H. Arrieta, enjuto como Don Quijote y dos o tres emplea- dos preparaban la leche para el desayuno de los internos. Y todos los días, sobre todo en el invierno, los internos entre las calientes sábanas y mantas de la cama, y tamién la Comunidad, escuchábamos el galope rítmico de la yegua que traía la leche para el desayuno del Colegio. Y en el silencio opaco del amanecer, se escuchaba la voz fuerte de José Bono que instintivamente lanzaba un iyeguaaa!, para arrear a la acémila. Y era curioso observar que ni él con su grito pedía más, ni la yegua con su paso aceleraba la marcha. Era un rito que ambos admitían como invariable, sin más. Los años hundieron a Bono en el cementerio, la vaquería pasó a otras manos, los internos volaron del Colegio, pero queda sin embargo en el recuerdo, el golpeteo del caballo y la voz del fiel empleado José Bono.

Muchas veces sintió la Comunidad el agitado roce de los zapatos con las baldosas frías del piso superior. Eran los internos que durante luengos años, más de 15 vivieron y convivieron en el Colegio. También la marchita flor del tiempo, murió al fin cuando se cerró el internado. Pero queda un recuerdo para aquellos héroes que mil veces oyeron el penetrante silbato al levantarse, con los luceros, a las siete de la mañana; con una hora de estudio eterna después de las clases, cuando en invierno, otro lucero, el de Venus, filtraba su tenue luz por los anchos ventanales del estudio. Cuando casi a toque de clarín tenían que asistir los domingos a las seis de la tarde en el Salón de Actos del Colegio perdiendo el cuello, Cuco adelante, para llegar puntuales a la cita cinematográfica del domingo. Y sin embargo, e1 voltear el tiempo y regresar a su Colegio, terminados los estudios, una punzada de alegría y de gratos recuerdos estallan en el corazón y en los labios de los alumnos internos.

Muchos otros hechos de este Colegio se los llevó el incienso de la vida, y el pinpón del tiempo. Pero quede aquí este rosario, como grato recuerdo de nuestras bodas de plata.

P. D. Diéguez s.j. (1986)

Un recuerdo.


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